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¿Progresa Antioquia?

Por: Juan Diego Restrepo*

Los resultados de la última encuesta sobre calidad de vida en Antioquia constatan una vez más que la riqueza que se genera en esta región del país no se distribuye de manera equitativa. Una cifra así lo revela: un poco más de 2,8 millones de personas están bajo la línea de la pobreza. Miles de ellas se acuestan cada noche con hambre.

Los logros expuestos por los gobernantes en salud y educación, aunque importantes, esconden otras dimensiones de la pobreza. Asimismo, muchas acciones exhibidas mediáticamente lo único que logran es simular el arribo del desarrollo a zonas periféricas o marginales. Un ejemplo que gusta a los medios de comunicación es la llegada del Internet a una escuela rural. La imagen es sugestiva: unos niños campesinos, con mucho temor, tocan un teclado y se asoman a la pantalla para ver lo que hay en ella. A continuación se habla de progreso en medio de una escuela derruida. ¿Pero de qué le sirve a un niño o a una niña acceder desde una escuela campesina al conocimiento que le ofrece Internet si los ingresos de sus familias no le permitirán continuar los estudios de bachillerato y menos aún avanzar hacia la universidad?

Los exiguos ingresos de los campesinos se derivan de un sistema productivo en el que sólo ganan los intermediarios, quienes son los que tienen el capital suficiente para bajar y subir los precios de los productos agrícolas a su antojo. ¿Hay alguna política pública consistente que haya favorecido, por ejemplo, a los productores de panela del Nordeste antioqueño? Quienes viven de ese negocio advierten que no la hay. Productores y jornaleros están hoy más cerca del hambre que de garantizar una supervivencia digna. Para ellos, si hay poco para comer hay menos para estudiar. Por ello, un computador con línea de Internet en una escuela rural es una inclusión literalmente virtual.

Muchos afirman que la educación es factor esencial para salir de la pobreza. Pero, olvidan que su oferta es efectiva si viene acompañada de ingresos suficientes en las familias para que sus hijos accedan, se mantengan y logren graduarse como profesionales; olvidan que sólo es efectiva si es de calidad y además si está articulada a un sistema productivo capaz de absorber la fuerza de trabajo calificada y bien remunerada.

Y la educación sin plata ya la sienten las universidades. Una investigación del periodista Ricardo Cruz Baena sobre la Universidad de Antioquia arroja un dato alarmante: el 52 por ciento de los estudiantes que entran, abandonan sus estudios en los primeros cuatro semestres. Eso quiere decir que de 4.000 estudiantes en promedio que ingresan por semestre al alma mater, poco más de 2.000 deja sus estudios. El motivo: no tienen recursos suficientes para continuar sus carreras. ¿Cuál es entonces el futuro del departamento? ¿Es creíble su promesa de progreso?

Si miramos hacia la salud, la inequidad es dolorosa y la sienten aquellos que están cubiertos por el régimen subsidiado, entre ellos los campesinos más ancianos. Hace poco conocí el caso de un viejo labriego del municipio de Maceo, a quien le diagnosticaron mal una apendicitis en su pueblo y lo remitieron a un centro asistencial de un municipio del Valle de Aburrá para darle atención especializada. Después de todas las dilaciones administrativas para asegurar primero el pago de la ARS, el cuerpo médico determinó que no valía la pena hacer ninguna intervención pues ya tenía demasiada edad. El señor murió varios días después de peritonitis.

La historia no es sólo una anécdota. Según un estudio de la Contraloría General de Medellín sobre la calidad de la red de salud de Medellín, entre 2007 y el primer semestre de 2008 se registraron 502 pacientes fallecidos en los servicios de urgencias de Metrosalud. Hay dos datos relevantes: el 39.43 por ciento de los usuarios fallecidos eran responsabilidad de la Dirección Seccional de Salud de Antioquia, es decir, provenían de municipios por fuera del Valle de Aburrá; y el 46.45 por ciento de las aseguradoras eran del régimen subsidiado, es decir, aquellas que cubren a pacientes pobres.

Una de las conclusiones del informe es inconcebible en un pueblo que se describe como pujante: la mala calidad se debe, “en no pocos casos a la negligencia, a la carencia de sensibilidad social, al incumplimiento de deberes legales y contractuales y al ánimo de lucro de algunos actores del sistema de salud”.

Tanta pobreza y humillación en Antioquia me llevan a pensar que esa pujanza, modernidad y desarrollo son sólo parte de una imagen engañosa, sustentada en un modelo de desarrollo en el que sólo ganan unos pocos. Transformar ese modelo para lograr una distribución de la riqueza de manera equitativa es hoy un imperativo moral, político y económico si se quiere seguir hablando de bienestar en el departamento; de lo contrario, es un irrespeto con las personas más pobres, que son la mayoría.

(*) Periodista y docente universitario
Publicado en SEMANA.COM

Más gripes da el hambre

Por: Irene Lozano

Los mexicanos no entienden por qué en su país muere mucha gente a causa de la gripe porcina y en los demás, poca o ninguna; una pregunta razonable como la que se hacen en África sobre su esperanza de vida de 42 años.

Cuando los periodistas han trasladado la picazón curiosa de la sociedad mexicana al secretario de Salud, José Ángel Córdova, él no ha contestado que el principal peligro para la salud humana sea la pobreza y el hambre. Ha afirmado que los síntomas de la gripe, tratados en 48 horas, remiten sin mayores secuelas, pero los pacientes «aquí siguen llegando tarde». Los mexicanos son impuntuales de suyo, para estar a la altura del tópico sobre el carácter de los pueblos poco desarrollados. Cuando oyen a la autoridad acuciante, por la costa caribeña responden: «Me estás estresando»; y por el Pacífico se lo toman con calma, como no podía ser de otro modo. Antes muerta que con prisa, clama la población.

Los pobres son incorregibles, hay que ver, siempre les ha dado igual morirse. Y el resto del mundo, a ponerse mascarillas con paciencia y a suspender lunas de miel en Punta Cana. Qué fastidio, recontra. Entretanto, las predicciones de la OMS sobre una hipotética pandemia de virus influenza, concluyen que, de los millones de muertos que provocaría, el 96 por ciento estarían en países pobres. Les está bien empleado, por tardones. Nosotros los ricos, en cambio, hemos llegado a tiempo a los sistemas públicos de salud y de alerta, a la vigilancia epidemiológica y a los fármacos antivirales. No hay como ser puntual para disfrutar de una larga vida.

Publicado en el ABC.ES

Bisturí a fondo o no hay remedio

Por: Xavier Caño Tamayo

Pasados algunos entusiasmos (no demasiados) tras la Cumbre G20, dudas y críticas. ¿Qué más hacer contra la crisis? ¿Es el mejor modo de enfrentarla? ¿La socialdemocracia salvará de nuevo al necio capitalismo?

En medio de esa tentación de cambiar algo, pero que todo continúe en manos de los de siempre, se ha dicho que la cumbre G20 ha sido como Breton Woods, cuando a mediados de los cuarenta del siglo pasado se reordenó el mundo (aún en guerra), se liquidaron los restos de la depresión del 29 y se relanzó la economía. Nada más lejos de la realidad.

Aquellas jornadas fueron 21 días de trabajo y fueron inclusivas: participaron 44 países de un mundo con menos Estados (aún no había empezado la descolonización en Asia y África). Además, generaron nuevas instituciones multilaterales y crearon reglas nuevas para organizar la economía mundial.

En cambio, el G-20 apenas parece renovar nada; aún confía en las instituciones financieras que impusieron el dogma neoliberal que nos llevó al desastre. Además, en el documento de conclusiones y compromisos, no aparece una sola vez ‘desigualdad’, ‘pobreza’ o ‘hambre’, como se percata el catedrático de economía Juan Torres, aunque todavía mueren diariamente 30.000 seres humanos por desnutrición severa.

Tampoco hay referencia alguna a principios éticos, aunque la crisis la han causado en gran medida prácticas sin moral ni vergüenza. Ni recoge los lúcidos planteamientos de la carta a los mandatarios del G20 de los líderes de las ocho organizaciones de la sociedad civil más importantes del mundo (Amnistía Internacional, Oxfam Internacional, Greenpeace, Save the Children, Ayuda en Acción, Plan Internacional, World Vision y Care Internacional), que han recordado al G20 que la vida o muerte de cientos de millones de personas depende de lo que se haga; que la pobreza y la desigualdad aumentan; que éstas generan y alimentan tensiones, conflictos sociales y enfrentamientos cada vez mayores; que sólo quedan 100 meses para reducir las emisiones de carbono y revertir el peligro de una catástrofe; que es urgente garantizar los derechos de subsistencia de esa mitad de la humanidad que mengua y muere entre pobreza y pobreza extrema, que es urgente proteger el medio ambiente, la Tierra (la única que tenemos)…

Walden Bello, profesor de ciencias políticas en la Universidad de Filipinas, hace esta pregunta al G20: ¿Bastan reformas socialdemócratas para relanzar la economía o esta crisis ha de llevarnos a otro orden? También el profesor Bello propone algo que parece tener más legitimidad que la selectiva reunión de ricos y quienes llevan camino de serlo, pues eso ha sido el G20: que Ban Ki Mon, Secretario General de la ONU, y la Asamblea General convoquen un encuentro multilateral (no sólo 21) para afrontar la crisis y preparar un nuevo orden global. Una comisión de expertos monetarios, financieros y economistas, encabezada por el Nobel Joseph Stiglitz y nombrada por el presidente de la Asamblea General, ya ha realizado un trabajo preparatorio para esa reunión. Ésa es buena noticia.

Una medida eficaz también sería cancelar la deuda de países empobrecidos. Porque esas deudas han sido pagadas con creces y fueron contraídas con condiciones abusivas. La cancelación de la deuda permitiría a los países empobrecidos disponer de más recursos sin necesitar la dudosa ayuda del FMI.

Ante el documento final, Juan Torres concede y remata que “las conclusiones de la cumbre podrían ser encomiables, pero los medios resultarán de poca efectividad, porque no se han explicado claramente las causas de la crisis. Y sin poner en claro las causas de la enfermedad solo un milagro puede hacer que el médico pueda curarla”.

Nicholas Dearden, director de Jubilee Debt Campaign (Campaña Cancelar la Deuda), sí señala lo qué pasa: “Ni los más enfervorizados partidarios del libre mercado defienden hoy que la globalización haya mejorado las vidas de la mayor parte de gente del planeta. Al contrario, un sistema con crisis inherentes, que ha alimentado niveles de desigualdad sin precedente, finalmente se ha colapsado”.

Por eso hay que recordar el dicho de Keynes: “La dificultad no estriba tanto en desarrollar ideas nuevas, cuanto en sacudirse las viejas”. ¿Revolución? Tal vez no tanto, pero urge meter el bisturí a fondo o esto no lo arregla ni dios.

(*) Periodista y escritor.
Publicado en ELINFORMANTE